Vengan a mi los niños

amaliapicEstamos a dos leguas de Madrid, en una hacienda magnífica. El capataz, hombre de sesenta años, robusto y fuerte, me llama la atención por su delirio por los niños. Por la tarde se sienta en medio de una plazoleta rodeada de árboles: rasguea alegremente una guitarra y grita con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Vengan a mí los niños!» Y acuden a su llamamiento los chicuelos de las casas cercanas, multitud de niños de ambos sexos que en torno del tío bailan, cantan, trepan por los árboles, tomando parte activa en sus diabluras el tío Pedro, cual si fuera chiquillo como ellos. Enamorada de un hombre tan bondadoso, me acerco a él y le digo:

-¡Qué feliz es usted! ¡Me complace mirarle!

El tío Pedro sonríe bondadosamente y dice:

-Vivo feliz; ni envidiado, ni envidioso. Tengo una santa mujer, dos hijos honradísimos y cinco nietos que son mi encanto. Ni quiero lo superfluo, ni me falta lo necesario. ¿Quiere usted un hombre más feliz que yo?

-Ciertamente, en la Tierra no cabe mayor dicha que la que usted disfruta. ¡Feliz usted que no ha conocido lo que son penas!

-¡ Eh!, poco a poco; no vaya usted tan aprisa, que en todas las jornadas hay una hora de mal camino. También he tenido mis tropiezos, pero en la mejor edad de chico y de mozo, cuando hay fuerza para cargar con un mundo y correr en busca de otro.

-Pues el infortunio no ha dejado rastros en su mirada.

-¿Cómo quería usted que los dejara, si he tenido por cada onza de pena una libra de contento? Mis trabajos…

-Cuéntemelos.

-Bien dice el refrán que todas las mujeres son curiosas.

-Tenga usted entendido que no le pregunto por mera curiosidad.

-Venga usted; nos sentaremos debajo de aquellos álamos y le contaré mis peripecias. Sé que usted escribe.

El enjambre de chiquillos nos siguió, y el tío Pedro les hizo prometer que estarían callados mientras contaba un cuento a la señora, que era yo. Y comenzó el relato el tío Pedro:

-Aquí donde usted me ve, he pasado seis años en la cárcel, y crea usted que sufriendo mucho. De mi madre se puede decir que no la conocí, pues según cuentan, murió dejándome en pañales; mi padre no quiso hacer huesos viejos, y yo me quedé en el mundo como pájaro sin nido, cuando tenía cinco años. Como no tenía sobre qué dejarme caer, pasé una niñez muy azarosa. Como perro sin amo, recorría todas las casas de la aldea. Era algo descarado, y por esto, con frecuencia, al llamar a alguna casa, se me daba con la puerta en las narices. Entonces, sin freno de nadie, fui creciendo entre malas hierbas, y a los doce años era un pillo completo y redomado; lo único que respetaba era a los niños, en atención a mil veces que los viejos me rechazaron al pedir una limosna, y los niños habían corrido tras de mí para darme el pan que ellos habían de comer. En particular una niñita de cinco años, Juanita, sobrina del señor cura. En cuanto me veía la chicuela, me llamaba, y dándome de lo que ella comía, exclamaba:

-Me dicen que eres muy malo; y yo no quiero que seas sino muy bueno.

Ya ve usted qué consejera tenía yo a los doce años. Al lado de ella, todo iba bien; mas en cuanto la perdía de vista, no pensaba más que en hacer perrerías y trastadas. A la sazón vinieron al pueblo unos cuantos hombres de mal vivir, incendiaron un cortijo, mataron al dueño, y yo, por inexperiencia, siendo inocente, aparecí como culpable. Entre averiguaciones justicieras de si fui cómplice o dejé de serlo, estuve seis años en la cárcel, sufriendo lo indecible. Era el criado de todos los presos, que hacían herejías conmigo. Sólo el recuerdo me pone triste y tengo ganas de llorar.

Al decir esto, por las tostadas mejillas del viejo resbalaron dos lagrimones que se apresuró a enjugar con el dorso de la mano.

violetaEntonces sufrí por toda mi vida. Durante aquellos largos e interminables seis años, ni un alma viviente fue a preguntar por mí. Entre los presos había uno que tenía una hija de siete años, y como la dejaban entrar para pasar el día con su padre, yo, en cuanto la veía, me acordaba de Juanita, y decía: «Si ella pudiera, también vendría a verme.» Cumplí los dieciocho años estando preso, y poco después me dieron la libertad. Ya en la calle, no supe qué hacer de mi persona; no sabía ningún oficio; trabajar en el campo no me gustaba, y además me decía: «¿A qué has de ir a tu pueblo, si no tienes a nadie que se interese por ti? En la Habana falta gente; sentaré plaza, y en paz; y ya que me voy tan lejos, daré antes una vuelta por mi tierra, por si no la vuelvo a ver.» Llegué al pueblo una mañana de domingo. Iba yo medio desnudo, y al verme entre los mozos y las mozas que iban de punta en blanco, como día de fiesta, oí decir, al verme tan miserable:

-¿A qué vendrá este granuja?

Cundió la voz de que yo estaba en el pueblo, y nadie se acercó a darme la bienvenida: sólo algunos niños me miraban con inocente curiosidad. Sentéme triste, cabizbajo, en la plaza de la iglesia. De pronto me acordé de Juanita, la sobrina del cura, y no quise marcharme sin verla. Salió la gente de la iglesia, y al fin salió Juanita. Estaba más crecida, más hermosa que la Virgen de la Esperanza. Sin poderme contener, me acerqué a mi antigua consejera. Vio me, me conoció, y sin pedir permiso a su padre ni a su tío el cura, se abrazó a mí como cuando tenía cinco años.

-¡Pedro! -exclamaba-. ¡Pedro!…

Yo, que nunca había llorado, al ver a aquella criatura tan cariñosa y tan buena, que no se daba vergüenza de abrazar a un infeliz, sucio, harapiento, me trastorné de tal manera, que rompí en profundos sollozos.

-¡Pobre Pedro! No llores -añadió.

Y tornándome de la mano, me hizo entrar en su casa. Muchas veces he reflexionado sobre aquel cuadro, que fue de mu­cha enseñanza. Nadie me había hecho caso; pero al ver que Juanita me llevaba de la mano, los demás niños la siguieron, y pronto me vi rodea­do de gente menuda, que me miraban sonrientes. Entré en casa de Juanita, donde me obsequió con una taza de cal­do, pan y fruta, diciéndome:

-¡Pedro! ¡Pedro! ¡Si vieras cuánto me he acordado de ti! No he olvidado los consejos que te daba; pero como ahora soy mayor y tengo más juicio, sabré aconsejarte mejor. Y aquella criatura, que era la alegría de su casa, se las arregló de modo que aquella misma tarde yo parecía otro. Hizo que su padre me diera ropa; y el cura me echó un sermón de padre y muy señor mío, concluyendo por decirme que si quería trabajar en el campo, él me daría ocupación. Por Juanita abandoné la idea de ir a la Habana, y ella se encargó de todo cuanto se refería a mi persona. Yo estaba loco de alegría. Ni una madre hace por sus hijos lo que ella hizo por mí. Me enseñó a leer y a escribir. Todas las tardes venía a traerme la merienda al campo donde yo trabajaba. Siempre venía acompañada de una bandada de niños, y con ellos volvía yo al pueblo. Logré ser considerado por la familia de Juanita como hijo de la casa. Era yo un buen labrador. Así pasaron ocho años, hasta que un día me dijo Juanita que su padre había resuelto casarla con un primo suyo, que aquella misma noche llegaría. Al oírla me quedé aturdido, pues jamás se me había ocurrido que pudiera sobrevenirme semejante desgracia. Ella era para mí una hermana, una madre; su cariño era mi felicidad. No me atreví jamás a poner mis ojos en ella, porque para mí era más sagrada que la Virgen. Por eso la noticia de perderla me dejó sin aliento; la emoción me dejó mudo, sin poder balbucear una palabra. No sé qué le diría con mis ojos, que ella adivino mi estado de ánimo. Volvíamos los dos solos del campo aquel día, y llegamos a casa sin hablar una sola palabra más. Una hora después conocí al que debía ser esposo de mi adorada. Era un gallardo mozo, muy lleno de letras, nada menos que todo un juez. Aquella noche no pude dormir, y me levanté antes que amaneciera. Amaba a Juanita con toda mi alma. Pero no podía aspirar a su mano, porque ella era rica y yo pobre; su próximo enlace con su primo mataba todas mis esperanzas. Como la vida sin ella me era odiosa, resolví morir. Con este propósito salí del pueblo antes de amanecer y llegué a un precipicio, en cuyo fondo rebotaban las aguas de un torrente. Me acordé de mi madre, pronuncié el nombre de Juanita y me arrojé de lo alto. En vez de estrellarme en el fondo del barranco, una roca saliente, sobre la cual quedé sin sentido, me detuvo en mi caída. Al volver en mí, me encontré en mi cama, rodeado de Juanita y de varios niños, que fueron, según supe después, los que me descubrieron y llevaron al pueblo la noticia. Juanita no se separó de mi lado, ni de día, ni de noche, durante los dos meses de convalecencia. En cuanto estuve bien, llamó me el señor cura y me dijo:

-No mereces la dicha que vas a tener; pero Dios sabe mejor que nosotros por qué premia o castiga. Da gracias al Eterno; muy pronto serás el esposo de la que amas. Y así fue: a los pocos días, ebrio de felicidad, loco de alegría, fuera de mí por tanta dicha inesperada, Juanita y yo entramos en la iglesia, donde nos unió y bendijo el señor cura. Al salir, rodearon me un ejército de niños, los acaricié y fueron los más festejados en mi boda. ¡Benditos sean ellos! De una niña recibí los primeros consejos morales; una niña fue la única que al volver a mi pueblo me alentó en el camino del bien; y cuando intenté suicidarme, los niños intervinieron para salvarme la vida. ¿Le parece a usted si tengo motivos para decir: «¡Vengan a mí los niños!»

-Realmente, es muy justo que usted ame tanto a los niños. Ellos han sido los intermediarios, los factores de su felicidad. ¡Cuán dichoso habrá sido usted con Juanita!

-¿No le digo a usted que he vivido y vivo en la gloria? Mírela usted, allí viene rodeada de sus nietos.

Vi llegar a su mujer, de agradable aspecto, que traía un niño en brazos y cuatro pequeñuelos cogidos a su falda. Me saludó afectuosamente, mientras su marido le decía:

-Oye: esta señora escribe historias, y yo le he contado la nuestra.

-Sí, mi hijo Juan me ha dicho que es usted escritora -dijo Juanita-, y también me ha dicho otra cosa.

-¿Y qué es ello?

-Dice que usted tiene pruebas de que los muertos viven, nos rodean y se comunican con nosotros.

-Algo hay de eso, amiga mía; hay un universal para todos, de éste y de otros mundos.

-Pues mire usted -prosiguió Juanita, sentándose familiarmente a mi lado-, no es la primera vez que oigo hablar de eso, y me interesa vivamente. Así me explico cosas que a nadie he revelado, para que no se burlaran de mi credulidad. Todo cuanto ha sucedido entre Pedro y yo, lo soñaba, lo presentía y hasta me lo comunicaban los espíritus. Mientras Pedro estuvo preso, una voz me habló al oído, diciéndome: «Está saldando una cuenta. Volverá.» Volvió, en efecto. Y la voz me volvió a decir: «Sálvalo, que su salvación será la tuya.» Le dije estas cosas a mi tío el cura, y él me prohibió terminante referir a nadie lo que oía. Una vez me dijo la voz que Pedro fue mi hijo en otra existencia, y como he oído asegurar que el hombre vive muchas veces, he pensado que en todo esto hay recuerdos de nuestras existencias anteriores. ¿Es esto posible?

-Para mí indudablemente. Usted, Juanita, ha sido el ángel bueno de Pedro. Su cariño hacia él ha sido mas que conyugal, el solícito amor de una madre, ¡quien sabe!

Me despedí de aquellos dos seres tan buenos, tan felices, tan cariñosos, y a larga distancia volví la cabeza y vi a los dos rodeados del enjambre de niños, que me saludaban a gritos y agitaban los pañuelos en gran algarabía. ¡Felices ellos!

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro “Cuentos espiritistas”

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