La Educación

Cartaz_CH_Familia_CMYK_680x480_PTPor medio de la educación, las generaciones se transforman y se mejoran. Para obtener una sociedad nueva es preciso hacer hombres nuevos. Así pues, la educación de la infancia es de una importancia capital. No basta enseñar al niño los elementos de la ciencia.

Tan esencial como saber leer, escribir y calcular es aprender a gobernarse, a conducirse como un ser racional y consciente, es entrar en la vida armado no solamente para la lucha material, sino, sobre todo, para la lucha moral. Ahora bien, de esto es de lo que nos ocupamos menos. Se procura desarrollar las facultades y los aspectos brillantes del niño, y no sus virtudes.

En la escuela, como en la familia, se abandona demasiado el esclarecimiento de sus deberes y de su destino. Así pues, desprovisto de principios elevados, ignorante de la finalidad de la existencia, el día en que entra en la vida pública se encuentra expuesto a todas las asechanzas, a todas las atracciones de la pasión, en un ambiente sensual y corrompido. Aún en la segunda enseñanza, lo que se hace es atiborrar el cerebro del escolar con un cúmulo indigesto de nociones y de hechos, de fechas y de nombres, todo ello con detrimento de la enseñanza moral. La moral de la escuela, desprovista de sanción efectiva, sin finalidad de orden universal, no es más que una moral estéril, incapaz para reformar la sociedad. También es pueril la educación dada en los establecimientos religiosos, donde el niño se hace presa del fanatismo y de la superstición, y no adquiere más que ideas falsas acerca de la vida presente y del Más Allá. Rara vez es una buena educación moral la obra de un maestro.

Para despertar en el niño las primeras aspiraciones al bien, para enderezar un carácter difícil, se necesita a la vez perseverancia, firmeza y un afecto del que sólo es susceptible el corazón de un padre o el de una madre. Si los padres no logran corregir a sus hijos, ¿cómo podrá conseguirlo el que dirige a un gran número de ellos? Esta tarea no es, sin embargo, tan difícil como pudiera creerse. No exige una ciencia profunda. Grandes y pequeños pueden realizarla si se hallan penetrados de la finalidad y de las consecuencias de la educación.

Hay que tener siempre presente una cosa, y es que los espíritus han acudido a nosotros con el fin de que les ayudemos a vencer sus defectos y a hacer las preparaciones para los deberes de la vida. Nosotros aceptamos, por medio del matrimonio, la misión de dirigirlos; la realizamos con amor, pero con un amor exento de debilidad, pues el amor llevado al límite extremo está lleno de peligros. Estudiemos desde la cuna las tendencias adquiridas por el niño en sus existencias anteriores, y dediquémonos a desarrollar las buenas y a ahogar las malas. No les proporcionemos demasiados goces con el fin de que, acostumbrados desde un principio al desencanto, sus jóvenes almas comprendan que la vida terrenal es ardua, y que sólo hay que contar con uno mismo y con su trabajo, la única cosa que proporciona la independencia y la dignidad. No intentemos desviar de estos niños la acción de las leyes eternas.

Hay piedras en el camino de cada uno de nosotros: sólo la sensatez nos enseña a evitarlas. No confiéis vuestros hijos a otros como no os veáis absolutamente obligados a ello. La educación no puede ser mercenaria. ¿Qué le importa a una nodriza que un niño hable o ande de tal o cual modo? No tiene el sentido ni el amor maternales. En cambio, ¡cuánta alegría siente la madre ante los primeros pasos de su querubín! Ninguna fatiga, ningún trabajo la detiene.

¡Ama! Haced lo mismo con el alma de vuestros hijos. Tened aún más solicitud para ella que para el cuerpo. Éste se gastará pronto y será echado al osario, en tanto que el alma inmortal, radiante por los cuidados de que fue rodeada, por los méritos adquiridos y por los progresos realizados, vivirá a través del tiempo para bendeciros y para amaros. La educación, basada en una concepción exacta de la vida, cambiaría la faz del mundo.

Supongamos a todas las familias iniciadas en las creencias espiritualistas sancionadas por los hechos, inculcándoselas a sus hijos, al mismo tiempo que la escuela neutra les enseñara los principios de la ciencia y las maravillas del Universo. Bien pronto se produciría una rápida transformación social bajo la acción de esta doble corriente. Todas las llagas morales se deben a la mala educación. Reformarla, establecerla sobre nuevas bases, tendría para la humanidad consecuencias incalculables.

Instruyamos a la juventud e iluminemos su inteligencia; pero, ante todo, hablemos a su corazón y enseñémosle a despojarse de sus imperfecciones. Acordémonos de que la ciencia por excelencia consiste en hacernos mejores.

Extraído del libro “El Camino Recto”
Léon Denis

 

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